Capítulo 1
La
calidad de un pintor depende de la cantidad de pasado que lleve consigo.-
Pablo
Picasso
El sol de primera hora de la mañana se colaba
por la ventana mientras Diana permanecía despierta con las sábanas revueltas y
mirando el reloj de pulsera que la noche anterior había dejado sobre la mesita
de noche. Los segundos avanzaban cada vez más despacio y en su desesperación
parecía que la aguja del minutero nunca acabaría de posicionarse sobre el
plateado el doce que coronaba la esfera. Cada mañana comenzaba un recuento en
el que lentamente iba recordando de memoria los detalles que aún le quedaban
por organizar. Aún no habían recibido el vestido, ni tenía claras las flores
que decorarían la capilla, el menú aún no estaba decidido, la lista de
invitados no estaba cerrada, ya que a tres semanas de la boda, había algunos
conocidos que ni habían confirmado ni declinado su asistencia. Esto le dejaba,
también, pendiente la ardua tarea de distribuir a las personas en las mesas,
tratando de separar a familiares con antiguas rencillas que en estas ocasiones,
siempre, acaban saliendo gracias al vino. Llegada a este punto de la lista,
Diana sentía que todo se le desmoronaba encima por lo que siempre decidía dejar
de enumerar lo que aún faltaba por hacer para acercarse a la ventana y abrirla
mientras respiraba hondo. Justo en ese momento abría los ojos para contemplar
lo que tenía ante sí, y que le recordaba por qué estaba allí, una de las vistas
más bellas de toda la sierra, millares de olivos se abrían paso ante ella como
un regio desfile de soldados que la escoltarían hasta el altar.
Hacía ya varios días que Diana era la primera en
bajar a desayunar a la cocina de La Paloma y siempre encontraba a su tío Pedro
trajinando entre papeles, junto a una gran taza de café y un buen trozo de
bizcocho. Pedro parecía hecho a la antigua usanza, hombre calmado de trato
distante, sin embargo, la felicidad de tener a su sobrina y a su hermana en La
Paloma provocaba en él una sonrisa constante y palabras amables para ambas.
—Buenos días sobrina, a este paso voy a tener
que madrugar para tenerte el café preparado, hija cada día se te pegan menos
las sábanas.
—No hace falta que te molestes por mí, tío, a
pesar de ser una chica de ciudad sé preparar una cafetera—. Diana cogió la taza
de café recién preparado que le tendía su tío. Era cierto que dormía poco y en
ocasiones mal, pero no sentía cansancio, era más bien una presión que comenzaba
en el estomago y que la iba oprimiendo poco a poco.
—Era broma mujer, si yo me levanto a las seis,
además me alegra no ser el único que anda por aquí a estas horas, la soledad
matutina nunca me ha gustado—Pedro soltó un suspiro antes de continuar con sus
papeles—. Me alegra mucho que tu madre y tú estéis por aquí. Se siente bien
teniendo a la familia cerca.
Sus tíos, Pedro y Adela habían sido muy amables
al dejarla celebrar allí la boda, el mes de mayo era bueno para el turismo por
aquella zona, excursionistas, algunas familias con críos y mucha gente de la
comarca acudían a La Paloma a pasar unos días tranquilos, desde hacía años la
finca se había convertido en un lugar de reclamo. La boda de Diana había
ocasionado que sus tíos aceptaran menos clientes de los habituales para poder
organizar los preparativos con comodidad. Si bien es cierto que aquel sacrificio
era lo mínimo que podía hacer Pedro ante la petición de su única sobrina.
Cuando los abuelos Paco y Paloma Rivera murieron, Paula —la madre de Diana—
renunció a todo lo que tenía que ver con la herencia de sus padres y se lo
entregó todo su hermano que era el que realmente amaba aquella tierra. Gracias
a su hermana, Pedro se había convertido en uno de los hacendados más prósperos
de la región. El trabajo no había sido fácil, la finca era muy grande y su
padre no le había dejado nunca tomar las decisiones importantes, Paco Rivera
era un hombre de gran carácter que no gustaba de estar esperando que los demás
trataran de solucionar los problemas, él era el único que los veía con
suficiente antelación como para poder solucionarlos, no solo controlaba los
campos de cultivo de olivos y los conocía como la palma de su mano, sino que
había logrado un fructífero negocio con la cría de caballos. Además llevaba él
solo toda la contabilidad de la finca, se encargaba del personal y de velar por
su familia. Por lo tanto cuando Pedro, tras la repentina muerte de su padre, se
vio al frente de La Paloma decidió pasarse por el bar y emborracharse, después
contrató al mejor contable que pudo encontrar y por último pidió consejo a su
mujer de todas y cada una de las decisiones que se le presentaban, con ese
método logró hacer de La Paloma un lugar prospero, que sí bien le daba algunos
quebraderos de cabeza y mucho trabajo también le proporcionaba importantísimos
beneficios. Por lo tanto, cuando su hermana después de años de silencio y
desapego con la familia, descolgó el teléfono y le pidió permiso para celebrar
la boda de su hija en la capilla de la finca, no pudo si no aceptar
rápidamente.
—Buenos días hija —Paula miró a Diana que
escondía media cara tras la taza de café intentando que su madre no reparara en
ella —. ¡Ay Jesús que cara! Cariño vas a tener que empezar a tomar algo más que
tila para controlar los nervios. No vamos a encontrar maquilladora que te
tape esas ojeras.
—Lo sé mamá, pero es que aún quedan tantas cosas,
que solo de pensarlo se me hace un nudo…
—Pues no lo pienses que tampoco es para tanto—
interrumpió su madre tratando de quitarle hierro al asunto.
—Ya que has sacado el tema, sobrina, mañana
llegaran los camareros de refuerzo que hemos contratado para estos días, además
los cocineros están esperando que les digamos algo para comenzar a preparar los
menús.
—Gracias, tío, no sé cómo voy a pagarte tanta
generosidad.
—Al contrario niña, gracias a ti, por hacer que
tu madre volviera por aquí después de tantos años —Una sombra cruzó la mirada
de Paula que había evitado hablar del pasado desde que había puesto un pie en
La Paloma y hasta ese momento, parecía que nadie estaba dispuesto a
contrariarla reviviendo viejos recuerdos—. Y hazle caso, una boda es algo para
celebrar, no permitas que se convierta en un sufrimiento para ti.
Pedro se excusó para continuar con sus
obligaciones y dejó a solas a madre e hija en la cocina. Diana sumó mentalmente
las nuevas decisiones de organización que acababan de surgir. Debía seguir el
consejo de su familia y tratar de pensar que solo era una boda y que no valía
la pena tanto sacrificio. A pesar de los consejos, una de las cosas que más
frustración provocaba a Diana era tener que tomar las decisiones ella sola, su
futuro marido permanecía en la ciudad, ocupado con su trabajo. Fernando era
notario, hijo de notario, nieto de notario y trabajaba en la notaría de su
familia, motivo por el cual Diana no entendía que no pudiera tomarse ni unos
días antes de la boda. Él había argumentado que ya había cogido dos semanas
para la luna de miel y que no podía pedir más. Según Fernando, el hijo del jefe
debía dar ejemplo, – maldito ejemplo – se
quejaba Diana, cada vez que tenía que tomar una decisión y su futuro marido no
estaba allí para ayudar. De todas formas si estuviera, tampoco ayudaría mucho,
se consolaba la joven, sabiendo que su futuro marido estaba más indicado para
contabilizar los gastos y los beneficios obtenidos por el enlace, que
escogiendo las flores para la iglesia. Desde que Fernando había tomado la
decisión de no acompañarla al pueblo ella había tratado de aparentar una
indiferencia fingida, pero en el fondo era consciente de que estaba molesta por
la situación.
Situado entre dos colinas, el pueblo, descansaba
como desparramado en el hueco que dejaban las lomas. Situándose a cierta
distancia por la carretera del norte cualquier observador podía ver las casas
blancas como una cascada entre las colinas, similares a una lengua de hielo
entre glaciares. A la espalda tenía la imponente sombra de Sierra Morena. Solo
era necesario adentrarse unos pocos kilómetros en la sierra para disfrutar de
un paisaje verde, escarpado y precioso. En medio de aquella belleza natural
estaba ubicada La Paloma, construida por el bisabuelo de Diana, había capeado
la guerra, alguna crisis y varios desastres climatológicos en temporada de
recolección. La Paloma había
terminado por convertirse en una de las fincas más productivas de la zona,
además de la recogida de aceituna y la cría de caballos, se había convertido en
una casa rural que incluso había obtenido algún premio gracias a su imponente
emplazamiento a la tranquilidad del entorno y al buen hacer de Pedro y Adela
que se desvivían por aquel lugar.
Fue Paco el abuelo de Diana el que decidió poner
nombre a la casa, ofreciendo el gesto como una parte más del cuantioso regalo
de bodas que hizo a su futura esposa, Paloma, a la que amaba tanto como a su
finca y su trabajo. Dicen sin embargo las malas lenguas que con el bautizo de
la finca, Paco no solo conquistó a su mujer, si no las tierras de la herencia
de la misma que pasarían a manos de la familia Rivera una vez que sus suegros
fallecieran.
El tiempo pasaba despacio en aquella sierra, lo
cual resultaba frustrante, las horas parecían tener más de sesenta minutos, la
gente se movía más despacio, daba la sensación de que los pies de aquellas
personas pesaban más, o quizás sabían aprovechar más los segundos del día y
tenían tiempo de parase a preguntar qué tal y a esperar una respuesta. La
estampa de aquel pueblo era la de un lugar viejo, sin avances tecnológicos,
pero a la vez poblado de gente auténtica. Se oían risas por las calles, y se
veía a los niños jugar en las aceras y a las viejas tomando el fresco en la
puerta al ponerse el sol. Una tranquilidad, que exasperaba a Paula ya que ella
conocía el trasfondo de esas risas, y las miradas de la gente al verla pasar.
Da igual cuanta cal tengan las paredes de las casas o los rojos que sean los
tejados, bajo ellos siempre habrá secretos y se trataran de esconder los
rumores.
Paula y Diana habían sido alojadas en la zona de
huéspedes ante la insistencia de Pedro de que su hermana durmiera en su
habitación de toda la vida, orientada al jardín de atrás. Desde que el caserío
familiar había pasado a ser una casa rural, se habían producido varios cambios
en su distribución. El piso superior antes compuestos por varios salones, el
despacho del abuelo y las habitaciones de la familia, había pasado a tener diez
habitaciones de diversos tamaños, algunas con baño y otras sin baño, lo que
había obligado a reformar el despacho del abuelo en un baño común a varias
habitaciones. En la parte baja de la casa, que antes constaba de un gran salón;
la cocina y la sala de las mujeres, donde se cosía y bordaba en tiempos de la
abuela; ahora estaba formada por un pequeño apartado de dos habitaciones y un
salón, situados junto a la cocina donde vivían Pedro y Adela con sus dos hijos.
También se había reformado el comedor, dándole más amplitud. La cocina seguía
siendo la misma, aunque se había modernizado y habían instalado más quemadores,
los hornos y las ollas eran de un tamaño casi industrial. Todo ello tenía como
punto de encuentro un precioso patio interior rodeado de soportales en el piso
de arriba y abajo, desde los cuales se podían admirar la belleza de los
azulejos azules y blancos de formas geométricas, típicos de la región, que
cubrían las paredes hasta la mitad; el verde de las plantas y relajarse con el
leve murmullo del agua de la fuente central.
Desde las ventanas del comedor los huéspedes
podían disfrutar de una vista privilegiada de la sierra. La zona en la que
antiguamente se habían alojado los jornaleros, situada junto a la capilla,
ahora eran apartamentos de varios dormitorios donde se alojaba el servicio, la
mayoría solo vivían allí en temporada alta. Al otro lado de la capilla estaba
la piscina, que ahora tenía varios toboganes y un trampolín, era la principal
atracción para los más pequeños en los meses de verano, muy cerca había una
cabañita de paja donde tomar bebidas frías.
La Paloma había pasado de ser el
gran caserío familiar a convertirse en un hotelito de lo más cuco para pasar un
fin de semana.
En cuanto a la habitación de Paula, pese a estar
situada en el mismo sitio, había cambiado por completo, en mobiliario y distribución,
pero aún así, se sentía confortable y familiar. Seguían en la pared las
profundas marcas que Lucía había hecho para marcar el crecimiento de la niña,
la puerta del baño seguía sin encajar del todo por la humedad y había que
domarla un poco hacía arriba para que cerrara perfectamente. El baño que ella
recordaba, con las paredes cubiertas hasta la mitad de madera y pintado la otra
mitad en color verde ahora estaba alicatado hasta el techo con azulejos blancos
y flores azules. Los sanitarios, todos de cerámica habían sido sustituidos por
otros de menor calidad y más pobres en líneas, más modernos sin duda, pero
igualmente impersonales. La bañera con patas en la que se bañaba todas las
noches hasta que cumplió los 15 años, había desaparecido, como otras tantas
cosas que le resultaban familiares. Sin embargo la esencia del lugar estaba
allí, suspendida como el polvo en el aire.
Antes de que sus padres murieran, Paula enviaba
a sus hijos, Diana y Nacho, todos los veranos para que pasaran las vacaciones
con sus abuelos. El aire puro de la zona, jugar, correr, montar a caballo, era
bueno para los niños. Ella en cambio no había vuelto desde que se marchó con quince años. Ricardo, su marido, nunca había conocido a sus suegros o a su cuñado y
ella nunca le había explicado el motivo de su negativa a volver al pueblo.
Desde luego, él le había preguntado en varias ocasiones, sacando el tema
delicadamente, y como respuesta siempre obtuvo evasivas, con el tiempo dejó de
preguntar e incluso de pensar en ello. Paula era una mujer con temperamento,
había sido educada para ser una buena esposa y madre, papel que cumplía a la
perfección y sin queja por parte de su marido, pero hasta la mejor esposa
escondía secretos. Ricardo lo sabía y era consciente de que había matices en el
pasado de su mujer, aunque cada vez que la miraba sentía que no eran
importantes. Estaba enamorado de su mujer y lo estuvo hasta el último día de su
vida. Durante sus últimos meses, ya postrado en la cama, la miraba de reojo y
veía en sus ojos la vida que a él se le consumía, era hermosa, rubia y con los
ojos verdes más intensos que jamás hubiera visto, tenían un color indefinido
que en ocasiones podía semejarse a una esmeralda y un brillo que los hacía
sobresalir entre todos los demás, los mismo ojos que había heredado su pequeña
Diana, con la misma vivacidad y el mismo abismo al que parecías caer cuando las
mirabas fijamente, sin embargo en los ojos de Paula siempre aparecía una sombra
cuando sus hijos recordaban alguna anécdota de las vacaciones en La Paloma o
cuando inocentemente le preguntaban a su madre cuando invitarían a los abuelos
a ir a visitarlos a la ciudad.
Sus deseos de permanecer alejada del lugar se
truncaron cuando su hija le comentó ilusionada, aunque prudente, que le
apetecería celebrar la boda en la capilla de La Paloma y ella no tuvo el aplomo
para pedirle que no lo hiciera. Hablaron con el párroco del lugar que no puso
impedimentos en celebrar la ceremonia en el caserío familiar y así un mes
después de que la decisión fuera tomada, ambas, madre e hija cogían el coche
con pesadas maletas, rumbo al sur, a la sierra, a los recuerdos que Paula
llevaba tanto tiempo intentando olvidar, pero es imposible borrar un recuerdo
cuando se ha marcado a fuego en el alma de una persona. Paula conocía rincones
de aquella sierra que escapaban a los ojos de los visitantes esporádicos, sabía
distinguir el canto de los pájaros y dónde había árboles frutales de los que
poder comer higos y nísperos hasta hartarse. Sabía recorrer los caminos,
acortar por trechos no señalizados y en qué remanso del rio no era peligroso
nadar porque no había demasiada profundidad. Conocía los árboles y de niña
sabía trepar a ellos, aunque su madre corrigió aquella costumbre con horas y
horas sentada a la luz de la lumbre, con un trozo de tela y la aguja entre las
manos, con los que a base de castigos aprendió a bordar. Lucía siempre la
miraba desde la cocina, mientras su madre le indicaba la postura correcta en la
mesa y si no la mantenía, le pegaba con una vara en las rodillas. Después era
la propia Lucía la que curaba aquellos rasguños con cariño y canciones. Lucía
siempre la había ayudado a sobrellevar los castigos de los primeros años de
niñez y después, había convencido a una Paula ya adolescente de que era mejor
no importunar a sus padres con su desobediencia, mientras que en la intimidad
de su habitación animaba a la niña a tener ideas propias con las que no dejarse
gobernar por ningún hombre que se creyera dueño de ella. Unas ideas que siempre
habían calado hondo en la pequeña Paula que con una inteligencia y madurez
superior a las niñas de su edad era capaz de mantener largas conversaciones con
cualquiera que quisiera escucharla, lástima que en aquella época nadie
estuviera dispuesto a escucharla hasta que fue demasiado tarde.
Habían pasado 30 años desde la última vez, pero
cuando entró por los grandes portones de madera maciza de La Paloma los recuerdos olvidados entraron como
un huracán en su mente, no pidieron permiso, pero allí estaban. Había pasado la
primera parte de su vida entre aquellas paredes, que aunque ahora estaban
cambiadas, seguían teniendo un aire a casa de campo simulado para el gusto de
los clientes que se hospedaban allí. Las cacerolas de hierro colgadas de las
paredes, no eran las que habían usado Lucía y su madre durante su niñez, eran
decoración, los botijos no tenían debajo el platillo para sudar porque no
estaban llenos. La galería del patio interior, por la que se accedía al jardín
de atrás tenía bancos nuevos que siempre parecían recién barnizados y los
geranios que colgaban de las macetas y las flores del jardín no eran las que
Lucía había plantado. Todo era igual, a la vez que diferente, solo el olor de
la sierra, seguía siendo el mismo, intenso, penetrante y capaz de desenterrar
los recuerdos mejor protegidos por la memoria. Pudo ver claramente a su madre
saliendo de la capilla a primera hora de la mañana, con la cabeza baja después
de haber rezado durante una hora antes de comenzar sus tareas, vio a Lucía
sentada entre los rosales, podándolos para que no crecieran torcidos y vio a su
padre, llegar con su caballo después de un día de caza con el rostro torcido de
satisfacción por el buen resultado de la jornada. De entre todos los recuerdos,
que como fantasmas vívidos se colaron en su mente hubo uno que le sobrecogió
especialmente el corazón, verse a sí misma, sentada en la grava del suelo y oír
como detrás de ella su padre le cerraba para siempre las puertas de La Paloma.
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